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La aventura de un viaje Caracas-San Cristóbal

San Cristóbal es la radiografía de un país que tocó fondo con el lastre de su propia riqueza

El terminal La Bandera es uno de esos sitios de Caracas a los que acude todo el mundo, pero al que nadie quiere ir. La recomendación básica para quien llega en busca de un pasaje es que traiga su sleeping bag o en su defecto una buena caja de cartón, porque de seguro allí tendrá que tirarse para descansar horas de cola o dormirá por lo menos una noche.

 

Los pasajeros son los que dan vida al terminal, son los que pagan, directa o indirectamente, los sueldos de cada uno de los empleados, pero el trato que reciben puede ser simplemente cruel.

 

Recientemente se me ocurrió la idea de viajar a San Cristóbal y para contar la historia no se me ocurrió otro título que el de la hermosa canción llanera Apure en un Viaje, pero quise cambiarlo por Apuros, porque si algo pasa el turista en Venezuela es eso: apuros.

 

LA SALIDA

 

A sabiendas de que los pasajes además de caros son escasos, como todo por estos días, salí de mi casa equipaje en mano. Fui al banco, retiré efectivo y me dirigí al metro.

 

La travesía en Línea 3 es la más infeliz de todas las que se pueden hacer a bordo del subterráneo caraqueño. Si usted quiere ver la cara de la pobreza tome uno de los trenes que van o vienen de La Rinconada. No solo la verá, la olerá y le impregnará hasta los huesos.

 

Nada más llegar a La Bandera me di cuenta de lo útil que hubiera sido traer un trozo grande de cartón. Todos los que iban llegando a hacer la cola para adquirir un boleto del único autobús que salía hacia los andes, con precio regulado, traían el suyo y de inmediato se tiraban al piso para iniciar una espera que podría prolongarse entre 8 y 48 horas.

 

Por fortuna, solo esperé durante seis horas. El pasaje me salió a menos de la mitad de lo que los “empujadores” estaban pidiendo, en efectivo. A las cinco de la tarde solo me restaba abordar un bus que debía salir a las 6 p.m. y que terminó partiendo cerca de las ocho de la noche. Había pasado 19 horas en un terminal y la “rumba” no se había iniciado.

 

En Venezuela cuando usted toma un colectivo a cualquier destino, sabe a la hora que abandona el terminal pero no pude siquiera imaginar a qué hora llegará a su destino.

 

LA VUELTA

 

De mi estancia en Táchira no voy a ahondar en detalles. Baste decir que si el país luce desbarrancado, la entidad andina fronteriza con Colombia entró de primera en ese barranco.

 

San Cristóbal paga caro el precio de ser la ciudad rebelde y al mismo tiempo la válvula de escape de millones  de jóvenes migrantes. Comprar los tradicionales panes y dulces que servían para abrir puertas de regreso a la capital, resulta tan caro como comprar un boleto en la zona VIP del próximo concierto de Guaco.

 

Las calles lucen destruidas y lo más desalentador es observar las colas de centenares de conductores que desperdician miserablemente hasta 24 horas para surtir 30 litros de gasolina.

 

San Cristóbal es la radiografía de un país que tocó fondo con el lastre de su propia riqueza.

 

Tras visitar la familia, emprendo la vuelta. La idea del retorno me estresó desde el mismo momento en que pisé la pista del terminal La Concordia, una semana atrás. Sabía que el regreso iba a ser penoso, algo así como el viaje del adicto que se inyecta metanfetamina a sabiendas de que si no tiene más droga cuando termine el tripeo, va a desear estar muerto.

 

Expresos Los Llanos me vendió un boleto en su terminal privado. La salida estaba programada para las cinco de la tarde del domingo, llego a tiempo y abordo la unidad pero me percato de que el aire acondicionado  no funciona.

 

Sin aire y con la unidad a medio pasaje, se inicia el viaje de vuelta. La tripulación iba haciendo paradas para tomar pasajeros en la vía, pero al llegar a El Piñal, la indignación hizo explosión.

 

Cuando otros pasajeros iban abordando, todo el pasaje se tiró a la vía para impedir el abuso y exigir ventilación porque -transcurridas dos horas y a menos de 40 kilómetros de San Cristóbal- la travesía era imposible.

 

El impasse se resolvió. El conductor se comprometió a no hacer más paradas, pero reveló que el daño del A/A era irreparable. No había otra cosa que hacer que seguir adelante.

 

A las cinco de la mañana y cuando habían transcurrido once horas desde que abordé, me despierto y me doy cuenta que algunos pasajeros están desembarcando.

 

Salgo a la calle, en medio de la nada y me doy cuenta que están haciendo un trasbordo a otra unidad de la línea Flamingo que esperaba 30 metros más adelante.

 

El chofer me dijo que todos los pasajeros con destino a Caracas debían irse en ese carro, porque él no llegaría a su destino sino que se regresaría desde Valencia. Saqué mi equipaje de mano que era el único que llevaba y corrí, como escapando de un campo de concentración.

 

Era cerca del mediodía cuando llegamos a las inmediaciones del Parque del Este y el periplo había terminado. Estaba ileso pero sin ganas de volver a pisar un terminal terrestre venezolano.

 

Pienso probar con el auto stop, modalidad que practiqué en mis tiempos hippies, por allá en los años 70.

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Acerca del Autor

Gustavo Gil

Licenciado en Comunicación Social, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Periodista de amplia trayectoria en distintos medios que abarcan la prensa escrita, semanarios, radio y televisión. Actualmente ejerce libremente su profesión, es asesor institucional y de imagen.

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