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Germán Fleitas Núñez: Le Regaló su caballo

Relatos de los hechos más relevantes de nuestra historia

Santa Ana de Trujillo,  lar nativo de nuestro ilustre amigo, médico, novelista y ciudadano, doctor Carlos Andrade Villegas,  era para 1820, un pueblito de apenas cuarenta y nueve habitantes, pero en un solo día se convirtió en uno de los más encumbrados Altares de la Patria, porque fue el sitio escogido por El Libertador Simón Bolívar Presidente de Colombia y el Capitán General Pablo Morillo Jefe Supremo del Ejército Realista,  para conocerse. Los dos enemigos más feroces de la guerra de independencia, al verse, se dieron un abrazo que repitieron muchas veces ese día, hablaron todo el día, la tarde, la noche y la madrugada, durmieron en la misma habitación y al día siguiente colocaron una piedra en el sitio donde ambos querían que se erigiera un monumento que recordara el instante, en que España comenzaba a dejar de ser la Madre Patria, para convertirse en la Patria Hermana. Y Morillo “El Pacificador” no era un general de opereta sino un fiero combatiente que venía de ganar batallas en Europa y ganó unas cuantas muchas en Venezuela.  Llegó con un ejército de dieciséis mil hombres, aplasto la insurgencia patriota y puso nuevamente a Venezuela bajo el dominio de la corona, por más tiempo de lo que habían durado la primera y la segunda Repúblicas juntas.

El general O’Leary lo relata así:

“Concluido tan importante negociado, manifestó el general Morillo vivos deseos de conocer personalmente a Bolívar y solicitó una entrevista por medio de sus comisionados, a la que de buen grado se accedió. Escogióse para verificarla la miserable aldea de Santa Ana, por hallarse a igual distancia de ambos campamentos. En la mañana del 27 de Noviembre se presentó el general Morillo en el lugar señalado, con una escolta compuesta de un escuadrón de húsares y acompañado por cosa de cincuenta oficiales de rango, entre los cuales se hallaba el general La Torre. A poco rato llegué yo a anunciarle al general Morillo que el Libertador estaba en camino y no tardaría en llegar. El general me preguntó qué escolta traía el jefe de la república, contesté que sólo venían en su séquito diez o doce, oficiales y los comisionados realistas y que no traía escolta. “Bien” dijo Morillo, “muy pequeña creía yo mi guardia para aventurarme hasta aquí; pero mi antiguo enemigo me ha vencido en generosidad; voy a dar orden a los húsares para que se retiren”. Así lo hizo inmediatamente. Preguntome luego quienes eran los oficiales españoles particularmente odiosos al presidente; y habiendo satisfecho yo la pregunta, observó que ninguno de ellos estaba presente”.

Poco despues se divisó la comitiva del Libertador, en la colina que domina el pueblo de Santa Ana. Morillo, La Torre los principales oficiales se adelantaron a encontrarle. El general español iba de riguroso uniforme, llevando las órdenes militares y demás insignias recibidas del soberano por sus servicios. Al aproximarse las dos comitivas, quiso Morillo saber cuál era Bolívar. Al señalárselo exclamó: “Cómo, aquel hombre pequeño de levita azul con gorra de campaña montado en una mula?”. No bien había acabado de hablar cuando el hombre estaba a su lado y al reconocerse los dos generales, echaron ambos en el acto pié a tierra y se dieron un estrecho cordial abrazo. Despues de este saludo se dirigieron a la mejor casa del pueblo, donde el general Morillo había hecho preparar un sencillo banquete en honor de su Ilustre huésped. En el curso del día durante la comida, se habló alegremente sobre los sucesos de la guerra. Sentimientos de noble generosidad fueron el tema de las conversaciones de aquel día que vino a ser tan memorable en los anales de Colombia. Los principales personajes  dieron ejemplo de mutua tolerancia, Bolívar parecía perdonar la equivocada fidelidad que había privado a la patria de tantos de sus más distinguidos hijos. Morillo, con igual tacto, respetó la política rigurosa adoptada por su rival para asegurar la independencia de Colombia. Cada cual admiró la constancia de su adversario en vencer los obstáculos que se le opusieron, pues parecía que los hombres y la naturaleza se hubiesen esforzado en contrariar sus designios. De ambos lados se concibieron esperanzas de que ningún incidente desgraciado les obligaría a renovar las hostilidades. Bolívar quiso que en caso de duda sobre algún punto del tratado, se sometiera por un arbitramento de comisionados nombrados al efecto, y por su parte dijo que escogía desde luego al general Correa, español de nacimiento, hombre de honor y justiciero. El general Morillo propuso la erección de un monumento en el sitio en que había abrazado a su rival, para recordar a las generaciones futuras la sinceridad con que los beligerantes, representados por sus jefes respectivos, en el primer momento de calma, habían relegado al olvido sus rencores personales y la nacional antipatía. Esta idea generosa fue acogida por Bolívar con placer e inmediatamente pusieron manos a la obra los oficiales patriotas y realistas presentes,  uniendo sus esfuerzos arrastraron una gran piedra cuadrada hasta el sitio indicado, para que sirviera de base a la columna propuesta. Sobre esa piedra, los jefes que por tan largos años habían combatido como adversarios con tanta saña, renovaron sus ardientes votos de concordia y humanidad. La noche puso fin a los regocijos del dia, pero no separó a los generales rivales. Bajo un mismo techo y en un mismo cuarto durmieron profundamente Bolívar y Morillo; desquitándose tal vez de las muchas noches de vela que mutuamente se habían dado.

Al dia siguiente Morillo acompañó al Libertador hasta el sitio mismo en que se habían encontrado por primera vez, como amigos. Allí se despidieron y separaron para siempre. Todavía existe, en memoria de esta interesante entrevista, la tosca piedra que ellos y sus oficiales colocaron en aquel lugar.

Coincidencia singular: el filantrópico tratado que hizo desaparecer el sanguinario carácter de la guerra y  estableció un código más suave y conforme á la civilización que el que rige en las naciones más adelantadas de Europa, se firmó y ratificó por Bolívar, en la misma casa en Trujillo en que siete años y  medio antes había firmado el terrible decreto de la Guerra a Muerte».

En la correspondencia cruzada a raíz de esa entrevista, existen varios documentos enviados por Morillo a Bolívar, el primero de los cuales dice;

“Apreciable amigo: Todo el camino hasta este pueblo hemos venido hablando de nuestra venturosa reunión el día de ayer (…)  al vernos, como por encanto, unidos, amigos y hermanos, dedicados exclusivamente a la felicidad de estos pueblos y a poner los primeros fundamentos de nuestra eterna amistad”.

En otra, fechada en Valencia le dice:

“Por fin, (…) he recibido Real permiso para regresar a la Península y entregar el mando del ejército al General La Torre, quien ya está hecho cargo de él (…) Mientras más distantes nos hallábamos, combatiendo como enemigos, de estrechar algún día nuestras relaciones con los vínculos de la amistad, fundados por fin sobre la dicha de este Continente, tanta mayor es la sinceridad con que mi corazón ofrece a U. la pureza de mis sentimientos y  el cordial afecto que supo inspirarme en la entrevista que tuvimos en Santa Ana. Por él,  deseo que en cualquiera parte del mundo donde me halle, cuente U. con mi fina correspondencia y con la fraternidad eterna de su antiguo rival, que tanto le aprecia desde el momento en que junios empezamos a trabajar por la felicidad y unión de los españoles de ambos hemisferios”.

Por conducto del Coronel Tello remito ti U. mi caballo, que es de buena talla, excelente para fatiga. Álvarez lo conoce, porque lo tuvo algún tiempo el Brigadier Morales: es fogoso y necesita antes de montarse, que una ordenanza le dé tres ó cuatro vueltas. Deseo que lo acepte U. como memoria de mi particular estimación”.

Algo pasó, porque al mes de esta histórica entrevista, el general Morillo entregó el mando del Ejército Realista al Mariscal de Campo don Miguel de la Torre y Pando y se fue de Venezuela para siempre. ¿Qué pasó? ¿Fue relevado del mando por la rendida admiración que manifestó por su nuevo amigo “El Libertador”? Se retiró voluntariamente  para no tener que comandar la Batalla de Carabobo que se efectuó seis meses después, para evitarse dos situaciones que le hubieran sido igualmente dolorosas: una, que Bolívar lo derrotara y otra, que él derrotara a Bolívar. Años después, cuando la Comisión Nacional que envió el general Páez a España a gestionar el reconocimiento de nuestra independencia, Morillo era Capitán General de Madrid; los hospedó en el Cuartel de la Montaña, los introdujo en la Corte y dicen que por las mañanas llegaba con bandejas de chocolate y les gritaba; “Insurgentes, insurgentes, a levantarse”.

Pero lo que más nos ha llamado la atención, es que “El Pacificador” antes de marcharse le escribe cartas al Libertador ratificándole su afecto y su disposición de servir a los españoles de allá y de aquí; pero en la última de esas cartas, le regala su caballo.  Un caballo que había pertenecido al Brigadier Francisco Tomás Morales (el que vino con Boves a La Victoria).

Conociendo el gran valor que el Padre de la Patria le daba a los caballos, lo cual queda testimoniado en muchas de sus correspondencias, no nos extraña que Simón Bolívar, el Presidente de Colombia, “El Libertador”, hubiera librado y ganado la gran Batalla de Carabobo, jineteando uno que había pertenecido a dos Capitanes Generales de Venezuela y en consecuencia, Jefes Supremos del Ejército del Rey; el de “buena talla, excelente para fatiga”,  que le había mandado de regalo su antiguo rival y nuevo fiel amigo, don Pablo Morillo “El Pacificador”.

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Jensy Mier y Terán

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