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Gustavo Gil: Relato de El Mototaxista y el novio embarcador

Las coincidencias de una obra teatral y un relato sobre mototaxistas

La pieza “El Mototaxista” escrita por Yovanny Durán y Carlos Chacón finaliza exitosa temporada en la sala experimental del Celarg este 6 de mayo

La trama relata la historia de Yonaikel, un MotoTaxista,  que cuenta los hechos que lo llevaron a desempeñar esa profesión, el por qué y cómo las circunstancias de la vida lo obligaron a montarse en una moto, contando sus anécdotas que le ha tocado vivir con sus clientes.

Yonaikel  explica que aparte de ser mototaxista, tiene cuatro trabajos más para así lograr obtener los ingresos necesarios para alimentar a su familia. Relatando todas las adversidades que ha tenido que vivir para seguir adelante.

Este personaje desde el humor nos lleva a la reflexión.  Una comedía que muestra la popularidad de lo que es un profesional al volante en dos ruedas.

“El Mototaxista” está protagonizada por Gabriel Guerra, joven actor reconocido por sus participaciones en la TV. La musicalización es de Moisés Berr, la fotografía de Jhon Rubio, el diseño gráfico de Tifany Bandez, la asistencia de escena de Carlos Velarde, la asistencia de dirección de Mauricio Requena, la producción y dirección de Carlos Chacón y la jefatura de prensa de Daisy Alamo.

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A propósito de la reseña de El Mototaxista, hago propicia la edición de un relato elaborado en 2010 y que pudo titularse también El Mototaxista.

La carta

Hola, princesa:

Apenas puedo sostener la pluma con la que te escribo, convaleciente en este hospital.

Tengo pesadillas donde se repiten las imágenes de mi accidente. Era día de quincena y quería sorprenderte, pero tuve una de esas jornadas para el olvido, en mi oficina.

La jefa parecía respirar sobre mi hombro y cada dos por tres me pedía el informe. Lo tenía terminado en realidad, pero me distraía haciendo la agenda para nuestro encuentro.

Reservé la mesa de siempre en el restaurancito que te gusta porque tiene vista al Ávila. El menú, sencillo: Carpaccio de salmón, de entrada; arroz a la marinera y un vino blanco Chardonnay. El postre: torta marmoleada de chocolate y naranja con masa de migas. La cita sería a las 7 y de allí iríamos a ver a tus padres para que nos dieran el permiso de casarnos.

En eso estaba cuando llegó la supervisora y se paró a mi espalda para exigirme que le imprimiera el documento y cinco copias para la junta de las 5.

Lo hice y a tiempo. Puede salir apenas a las 6, compré unas flores y no me quedó otra alternativa que tomar una moto taxi.

Un chamo de unos 17 años conducía aquella tarita de 150 CC con más agilidad de la que yo sostengo mi pluma ahora. Comenzó comiéndose una enorme flecha, zigzagueando de frente a los carros. Apreté mis rodillas que rozaban toda clase de parachoques, pero no aguanté y lo paré. “¡Chamo! ¿tu estás loco? Quiero llegar a mi cita no al infierno acompañado de un adolescente motorizado”.

Una vez que se disculpó, proseguimos en la ruta. Mi felicidad pasaba por encima de mis temores. Veía a la gente regresando a casa, muchas amas de casa llevaban de la mano a sus hijos que lucían sus trajes de hada madrina, Blanca Nieves o Superman manchados de golosinas.

“Los contratos colectivos deberían garantizar la dotación de disfraces para Carnaval, como si fueran útiles escolares. Dan un colorido inigualable a esta época del año pero muchas familias no pueden costearlo”, pensé.

Estábamos a 2 cuadras de nuestro destino cuando sentí que una ambulancia venía por mi derecha. Nos apartamos pero fue tarde, cuando pasaba a nuestro lado nos enganchó. Me aferré a las flores mientras rodaba sobre el asfalto caliente. Un poste me esperaba y le llegué con la cadera derecha. No perdí el conocimiento pero estaba inmóvil, escuché voces y cornetas. Alguien vació mis bolsillos y al arrancarme el celular y emprender su huida, me pisó la mano que con la que aun sostenía las flores, mi amor. Giré la cabeza y pude ver como las pateaba al momento que las solté.

El mismo motorizado que me conducía hacia ti te llevará mi carta. Disculpa el embarque y dile a mis suegros que mis intenciones son buenas, pero los médicos me informaron que no volveré a caminar.

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Acerca del Autor

Gustavo Gil

Licenciado en Comunicación Social, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Periodista de amplia trayectoria en distintos medios que abarcan la prensa escrita, semanarios, radio y televisión. Actualmente ejerce libremente su profesión, es asesor institucional y de imagen.

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