Opinión

Rafael Avila: ¡Qué broma con el interés propio! (III)

martes, 4 abril 2017
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Rafael Avila: ¡Qué broma con el interés propio! (III)

En el artículo anterior estuvimos comentando sobre orden espontáneo, lo imposible de la “mente maestra”, asimetría de información y dispersión del conocimiento, ignorancia racional, y el signalling de los precios libres. Ahora, seguiremos comentando sobre la justificación moral de las ganancias, concluyendo con esta serie sobre el interés propio.

Para tocar este tema nos apoyaremos en una voz calificada (quizá la más calificada): Tomás de Aquino (1225 – 1274),principal representante de la escolástica,de las fuentes más citadas de su época en metafísica,santo, Padre y Doctor de la Iglesia Católica, teólogo y filósofo de los más grandes de todos los tiempos, unión de fe y razón.

En su obra magna, la Suma Teológica, en la que uno no esperaría que se tocaran estos temas, causando sorpresa, el Aquinate analiza temas económicos. Aunque si se piensa con profundidad, tiene sentido que los toque en una obra sobre la justicia, y tratándose de cosas tan cotidianas: justicia en los precios y en los intercambios.

En esta obra, en la Segunda parte (movimiento del hombre hacia Dios), segunda de la segunda (los actos humanos en particular), Tratado de las virtudes cardinales, del engaño, que es cometido comprando y vendiendo, en la Cuestión 77, de los pecados cometidos comprando y vendiendo, artículo 3ro. (sobresi el vendedor está obligado a decir los defectos de la cosa vendida), el Doctor Angélico plantea esta Objeción (la cuarta):

“…Ahora bien, a veces el precio bajaría por alguna otra razón, sin ningún defecto en la cosa vendida: por ejemplo, si el vendedor lleva el trigo a un lugar donde el trigo tiene un precio elevado, sabiendo que muchos (comerciantes) vendrán tras él llevando trigo; porque si los compradores supieran esto darían un precio más bajo. Pero aparentemente el vendedor no necesita darle al comprador esta información. Por lo tanto, de igual manera, tampoco necesita que le diga los defectos de los bienes que está vendiendo.”

Primero, maravillémonos con una pieza de pura economía, oferta y demanda, en una obra de Teología.

Luego, en esta situación podemos por un lado resaltar el poder de la señal que dan los precios: un precio elevado de un bien en un lugar, atrae a los vendedores hasta el sitio a ofrecer dicho bien. Como consecuencia, se reduce la escasez que de este producto haya en tal lugar, y los precios tienden a bajar; es decir, se genera bienestar en la sociedad.

Pero el Aquinate aquí no parece querer referirse a teoría económica; pretende analizar si es justo o no que el comerciante se “aproveche”de la asimetría de información que sufre el comprador, y de una situación de escasez, haciendoganancias elevadas vendiendo a precios más altos, más sabiendo que con una posterior cada vez mayor oferta los precios tenderían a bajar, y por tanto a reducirse su beneficio.

En respuesta a la Cuarta Objeción, el Santo Doctor señala:

“El defecto en una cosa la hace menos valiosa de lo que parece: pero en el caso citado, se espera que los bienes tengan menos valor en un momento futuro, debido a la llegada de otros comerciantes, lo que no estaba previsto por los compradores. Por lo tanto, el vendedor, puesto que vende sus mercancías al precio al que realmente él ofreció, no parece actuar en contra de la justicia al no indicar lo que va a suceder (cuando arriben los otros vendedores). Sin embargo, si lo hiciera, o si bajara su precio, sería muy virtuoso de su parte: aunque no parece estar obligado a hacerlo como una deuda de justicia.”

Tal como indica el Aquinate, no parece ser injusto que el vendedor ni le advierta del posible descenso de los precios al comprador, ni que venda al alto precio que en ese momento tenga el mercado. Y fíjense que no es poca cosa que este caso lo ilustre Tomás de Aquino con un rubro tan esencial y necesario como un alimento básico, como lo es el trigo. No se trata de vender caro un producto lujoso o innecesario; se refiere al trigo.

Esto recuerda a esa absurda visión del comercio que indica que el vendedor siempre se aprovecha de la necesidad del consumidor, queriendo mostrar como injusta la ganancia de aquél. Si esto fuera así, toda ganancia sería injusta pues por ejemplo, el sastre se aprovecha de la desnudez del cliente; el panadero se aprovecha del hambre del consumidor; el médico se aprovecha de la falta de salud del paciente, etc. Absurdo. La realidad es que en los intercambios libres y voluntarios siempre ambas partes deben al menos esperar ganar, salir beneficiados, porque si no simplemente no intercambian.

También podemos en este pasaje de la Suma Teológica recordar la importancia de que el entorno económicopromueva la competencia, para que el consumidor disfrute de los beneficios de tener más y mejores alternativas de las que escoger y precios más bajos.

Vale la pena destacar el comentario de cierre que hace el Aquinate en dicha respuesta a la cuarta Objeción: “…si lo hiciera, o si bajara su precio, sería muy virtuoso de su parte…”. Es decir, si el vendedor, aunque no obligado en justicia a hacerlo, bajara el precio para favorecer al consumidor, y más si regalara el bien, sumaría en virtud, lo haría mejor persona. Pero ya es una decisión voluntaria y libre; y es importante que así lo sea: la caridad no puede decretarse y menos imponerse.

Definitivamente da para mucho en economía este extracto de una obra fundamental en Teología. Muchos católicos deberíamos leerla con interés.

Otro aspecto importante de los intercambios que toca esta fundamental obra, la SummaTheologiae, se encuentra en la Cuestión 77, de los pecados cometidos comprando y vendiendo, artículo 4to. (sobresi en el trading, es justo vender una cosa a un precio más alto que el precio pagado por ella).

En este artículo el Doctor Angélico, refiriéndose a los dos tipos de intercambio que plantea Aristóteles (llamado El Filósofo por Tomás de Aquino), señala:

“…El otro tipo de intercambio es el de dinero por dinero, o de cualquier mercancía por dinero, no por las necesidades de la vida, sino por el lucro, y este tipo de intercambio, propiamente dicho, se refiere a los comerciantes, según el Filósofo…”

Allí define al comercio, y en el extracto siguiente habla de la virtud del comercio:

“…pero esta última (forma de intercambio; se refiere a la actividad del comerciante) merece ser culpada, porque, considerada en sí misma, satisface la codicia por la ganancia, que no conoce límite y tiende al infinito. Por lo tanto, el comercio, considerado en sí mismo, tiene cierta degradación que le atañe, en la medida en que, por su misma naturaleza, no implica un fin virtuoso o necesario. Sin embargo, la ganancia que es el fin del comercio, aunque no implica, por su naturaleza, nada de virtuoso o necesario, no implica en sí mismo nada pecaminoso o contrario a la virtud: por lo tanto nada impide que la ganancia se dirija a algún fin necesario o incluso virtuoso, y así el comercio se hace lícito…”

Como puede verse, la opinión del Aquinate es que el comercio será virtuoso o no, dependiendo del fin por el que se haga. No es necesariamente bueno ni malo. A fin de cuentas los que podemos ser buenos o malos somos las personas. Entonces la licitud del comercio dependerá de las intenciones del comerciante. Si el comerciante lo hace por codicia, por dinero, será una actividad pecaminosa; si persigue la ganancia como un medio para un fin bueno, el comercio será una actividad virtuosa. Pero en el mismo extracto el Doctor Angélico aclara que la ganancia es el fin del comercio.

Para ilustrar el punto se ayuda el Aquinate con unos sencillos ejemplos:

“…Así, por ejemplo, un hombre puede pretender la ganancia moderada que intenta lograr comerciando, por el mantenimiento de su hogar, o por ayudar a los necesitados: o de nuevo, un hombre podría comerciar por una ventaja pública, por ejemplo, para que su país carezca de las necesidades de la vida, y busque la ganancia, no como un fin, sino como pago por su trabajo…”

La ganancia puede verse como el pago por el trabajo, como la recompensa por agregar valor a la sociedad. De allí lo importante que esa ganancia sea lograda en justa lid. El vendedor es tan legítimo dueño de sus ganancias como de sus pérdidas. Y la ganancia será justa en la medida en que el fin sea bueno. Una empresa que rinda ganancias es la señal de que ella está agregando valor a la sociedad y esta (si no está obligada a hacerlo, como en el caso del monopolio) la recompensa. De allí de nuevo la importancia de la competencia y de los intercambios libres y voluntarios. Además, para que la empresa que agrega valor a la sociedad siga haciendo esa buena labor que hace, debe ser sostenible financieramente, deben permitírsele y reconocérsele sus ganancias.

Continúa el Doctor Angélico respondiendo a la objeción de que no pareciera ser lícito, en el comercio, vender una cosa a un precio superior al pagado por ella:

“…Porque si vende a un precio más elevado algo que ha cambiado para mejor, pareciera recibir la recompensa por su trabajo. Sin embargo, la ganancia misma puede ser lícitamente intencionada, no como un fin último, sino por el bien de algún otro fin que sea necesario o virtuoso, como se ha dicho anteriormente…”

Y continúa desarrollando el mismo tema, en su respuesta a la Objeción No. 2:

“No todo el que vende a un precio más alto del que compró es un comerciante, pero sólo el que compra puede vender con un beneficio. Si, por el contrario, él compra no para la venta sino para la posesión, y después, por alguna razón desea vender, no es una transacción comercial, incluso si vende con un beneficio. Porque él puede hacer esto lícitamente, bien porque ha mejorado la cosa, o porque el valor de la cosa ha cambiado con el cambio de lugar o tiempo, o debido al peligro que incurre en transferir la cosa de un lugar a otro, o de nuevo por haberlo transportado por otro. En este sentido, ni la compra ni la venta son injustas.”

Como señala Tomás de Aquino, la ganancia es justa por haber agregado valor a la cosa, o por haberla llevado de un sitio a otro (distribución), o por asumir riesgos, o por prestar un servicio de transporte a nombre de otra persona. Como se ve, economía y finanzas puras en una obra fundamental de Teología. Esto no es cualquier cosa.

Bueno amigos, con esto concluimos esta serie de artículos sobre el interés propio, en la que hemos tratado de mostrar la moralidad de las ganancias y de los intercambios, en la libre interacción entre vendedores y compradores.

Entender de economía política, identificar ganadores y perdedores, nos permite entender por qué no cambia y por qué es difícil cambiar el statu quo.

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