Opinión

Yolanda Ramón: Somos Venezuela

2 meses antes
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Yolanda Ramón: Somos Venezuela

TAL DÍA COMO HOY: 11 DE AGOSTO, FALLECIÓ EL POLÍTICO JOSÉ SANTIAGO RODRÍGUEZ,

GENUINO SEGUIDOR DEL LIBERTADOR

El político José Santiago Rodríguez falleció tal día como hoy: 11 de agosto –de 1874– en Caracas donde nació en 1795.

Durante la Convención de Ocaña escribió un diario que fue publicado en 1934 con el título: Memorias relativas a la Convención de Ocaña, por su nieto, de igual nombre y apellido: José Santiago Rodríguez, quien utilizó su archivo como material de documentación para escribir: Contribución al estudio de la Guerra Federal en Venezuela (1933).

Desde 1823 comenzó a figurar en la vida política nacional. Miembro de la comisión preparatoria de la Convención de Ocaña (marzo 1828), asistió a dicha asamblea como diputado principal por la provincia de Carabobo (abril a junio 1828). En las sesiones de la Convención se unió al grupo de defensores de Simón Bolívar y -como tal- votó por la admisión de Miguel Peña a quien se le había anulado su credencial de diputado, proposición rechazada por 21 votos contra 42, producto de la mayoría antibolivariana.

Decepcionado por los resultados de la Convención se fue a Estados Unidos y Europa.

En 1836 volvió a figurar en la vida pública nacional cuando José María Vargas, nuevamente encargado de la presidencia después de haber sido dominado el movimiento reformista, al formar su nuevo gabinete, lo nombró Ministro Plenipotenciario en Gran Bretaña y Francia (1836-1837). Posteriormente, fue designado Ministro de Interior y Justicia (1837).

En 1847 fue nombrado auditor general de la Guerra Federal.

En 1858 fue a Europa en calidad de agente fiscal con el objeto de celebrar arreglos con los tenedores de la deuda venezolana en el exterior. Regresó en 1860. En los dos años siguientes fue sucesivamente: ministro de Interior y Justicia, auditor de Guerra, ministro de Hacienda y consejero de Estado del gobierno de José Antonio Páez.

José Santiago Rodríguez… político caraqueño… permanente lector… dejó un valioso archivo para comprender una guerra que asoló a Venezuela… la Venezuela que sí somos…

JOROPO:

ORÍGENES HISTÓRICOS

El Mariscal de Campo, Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela entre los años 1747 y 1749: Luis Francisco de Castellanos, emitió una disposición u ordenanza a nombre de las autoridades españolas a las que representa, donde se lee:En algunas villas y lugares de esta Capitanía General de Venezuela se acostumbra un baile que denominan joropo escobillado que por sus extremosos movimientos, desplantes, taconeos y otras suciedades, ha sido mal visto por algunas personas…

El severo reglamento aplicaba penas de dos años a los que practicaran la danza, mientras castigaba con dos meses de cárcel a sus espectadores. Con todo, la interdicción fue revocada por el propio Rey de España Fernando VI. Éste pidió que se le remitieran a la península ibérica un par de bailadores de joropo, tras cuya exitosa y feliz ejecución en la Corte de Madrid, inspiraron al Monarca a ordenar al autor de la draconiana disposición Luis Francisco de Castellanos, el siguiente mandato:no lo prohíba, por cuanto está lleno de inocencia campesina. Así como el jarabe gatuno y el bullicuzcuz de la Veracruz, que también han venido en consulta de nuestros reinos de Méjico, y con los cuales tiene mucha semejanza…

La notable, pintoresca e insólita referencia anterior la conocemos gracias a la prolija pluma del corresponsal venezolano de principios del siglo XX: Juan José Churión. Así fue vertida en la revista El Cojo Ilustrado y de la misma se servirá el médico y lingüista venezolano Lisandro Alvarado en su Glosario de Voces Indígenas (1921) para afirmar que, desde 1749, el joropo adquiere plena nacionalidad venezolana para diferenciarse de las danzas españolas que originalmente lo inspiraron como: el fandango, el pasacalle, la jota, la seguidilla, la zarabanda y muchas más; todas del período musical barroco.

El dato aportado por el corresponsal venezolano José Churión ha generado, desde su aparición, más de un acalorado debate entre los musicólogos de nuestro país. Entre otras cosas, porque se habla en dicha crónica de Venezuela como «Capitanía General» en el año 1749, cuando se sabe que dicho título no lo ostentaría nuestro territorio hasta casi treinta años después: en 1777. Sin embargo, el mismo absurdo de la noticia quizá podría darle algo de veracidad: ¿joroperos bailándole al mismísimo Rey de España a mediados del siglo XVIII en su propia corte?… El ilustre investigador y músico venezolano Luis Felipe Ramón y Rivera, cautivado por esta historia, reconoce en su libro: El Joropo, Baile Nacional de Venezuela (1953), que al seguir la pista de Churión, llegó a revisar personalmente todas y cada una de las Actas del Cabildo de Caracas del año 1749, pero afirma que no encontró nada relacionado con esta prohibición. Se trata, pues, de un misterio aún por resolver.

Al margen de la veracidad de la anécdota mencionada por Churión, lo cierto es que el joropo —manifestación cultural que compartimos geográficamente con los llanos de la hermana República de Colombia— constituye la corroboración fehaciente de la prolongación de fenómenos artísticos musicales de muy vieja data que se mantienen sin discontinuidad en la tradición musical venezolana.

INSURGENCIA

DE LAS NOVELISTAS

EN EL POST GOMECISMO

Casi todas ellas, las mismas que escribieron sus ficciones, fueron a la vez las militantes de lo femenino. De hecho, la primera generación de luchadoras por el papel y los derechos de la mujer en nuestra sociedad y, más tarde nuestras sufragistas, fueron también varias de estas escritoras.

Es punto de vista plenamente aceptado por la crítica, muy bien explicado por Carmen Mannarino, en su prólogo a la recuperación de la novela de Trina Larralde: Guataro, que esas novelas son las que hay que considerar primeramente. Son casi todas escritas a la luz del alero de Teresa de la Parra, nuestra creadora mayor, tanto ayer como hoy, la escritora más admirada por ellas. Tanto que, cuando en 1947, se trasladaron a Caracas los restos de la autora de Ifigenia, muerta en Madrid once años antes; un grupo de mujeres pidió permiso a protocolo de la Casa Amarilla, donde fueron las exequias, para cargar ellas la urna de la gran difunta. No les fue permitido.

Así, se ha considerado que las novelas sobresalientes escritas por mujeres venezolanas, antes de 1960, fueron, después de las de la gran Teresa de la Parra; Tierra Talada, de Ada Pérez Guevara;y Guataro, de Trina Larralde, quien fue una de las primeras, antes de morir Gómez, quien dio la palabra a la mujer en su columna: Al encuentro de la mujer venezolana, que publicaba en la revista Elite.

Y estos libros continúan con: Tres palabras y una mujer, de Lucila Palacios; Ana Isabel, una niña decente, de Antonia Palacios; Anastasia, de Lina Giménez; y Amargo el fondo, de Gloria Stolk.