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Vacunas: riesgos, miedos y evidencia científica

Las vacunas han supuesto uno de los mayores éxitos de la Medicina. La inmunización previene cada año entre dos y tres millones de defunciones.

Enfermedades como la difteria, el tétanos, la tosferina, la tuberculosis o el sarampión causarían cada año millones de defunciones a no ser por las vacunas. La prevención es la clave del éxito frente a las enfermedades contagiosas y la vacuna es la mejor herramienta para lograrlo.

Los títulos anteriores pertenecen a la colección El Café Cajal, inspirado en las tertulias de café de Santiago Ramón y Cajal en los que se debatían diferentes temas desde distintos puntos de vista. En ellos se aborda una cuestión cada vez más polémica en la sociedad: la vacunación.

Estos libros, coeditados por Jot Down Books, abordan la vacunación desde dos perspectivas diferentes: la biología y las matemáticas. A través de ellos, sus autores pretenden desgranar todas las incógnitas que rodean a un tema tan importante para la salud pública como -en los últimos años- controvertido.

A lo largo de sus páginas se da respuesta a cómo se propagan las enfermedades, la forma de prever cuándo se va a producir una pandemia, la efectividad de las vacunas o sus riesgos, entre otros asuntos.

“El miedo a determinadas vacunas es patente en nuestra sociedad. No podemos ni debemos negarlo, y para superarlo tenemos que ofrecer a las familias información fiable y veraz que ayude a despejar, una a una, todas sus dudas”, afirma la pediatra Lucía Galán en el prólogo de ¿Funcionan las vacunas?.

Ignacio López-Goñi, doctor en biología y catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra, advirtió en la presentación del libro que, pese a que las vacunas -como todos los medicamentos, sin excepción- tienen efectos secundarios, es mayor el riesgo que se asume al elegir no vacunar a un niño que al hacerlo.

Para argumentarlo, el autor expuso en la presentación de libro los efectos secundarios de un prospecto, induciendo a pensar que se trataba del de una vacuna. Cuando terminó su ponencia, reconoció que se trataba del prospecto del ibuprofeno. “Lo que ocurre es que soportamos peor el riesgo de las vacunas porque nos las ponemos cuando estamos sanos”.

La viruela ha sido una enfermedad causante de más de trescientos millones de fallecimientos en el siglo XX, una cifra que supera la muertes causadas por las guerras mundiales, la gripe de 1918 y el sida juntos. En 1980, la OMS declaró erradicada la viruela, siendo la primera y única enfermedad infecciosa humana eliminada hasta la actualidad, algo que se logró gracias a la vacuna.

El sarampión y la importancia de las vacunas

López-Goñi explica la importancia de la inmunidad de grupo utilizando como ejemplo el virus del sarampión, una de las enfermedades más infecciosas. El microbiólogo cuenta que en caso de que en una clase de guardería no hubiera ningún niño vacunado contra este virus, el 85% de ellos se contagiarían.

Ello se debe a la capacidad de este virus para ser transmitido, a lo que los matemáticos denominan R0 o número de reproducción básico, que en el sarampión oscila entre 12 y 18. “Significa que una persona infectada por este virus es capaz de contagiar a entre 12 y 18 personas en el tiempo de incubación y desarrollo de la enfermedad”, explica Enrique F. Borja, doctor en Física por la Universidad de Valencia.

Debido a esto, para conseguir la inmunidad de grupo frente a esta enfermedad es necesario que el 95% de la población esté vacunada. Pero no basta con eso, sino que esto también ha de darse en cada colegio, en cada barrio… “En colegios donde el grado de vacunación frente a este virus esté sensiblemente por debajo pueden darse pequeñas epidemias de sarampión”, advierte el físico.

“Si existiera una persona a la que no podemos vacunar por algún problema de salud que ha debilitado su sistema inmunitario y la mayoría de la sociedad no estuviera vacunada, su vida estaría en peligro. Si se diera un caso índice de una enfermedad contagiosa y esta se propagara dando lugar a un contagio masivo, la cadena de transmisión seguiría sin ningún muro que la frenase”, como explica López-Goñi.

Matemáticas: identificación de sensores

Por eso es útil la identificación de sensores, algo que ya se hizo en 2009 en Harvard para predecir cuándo llegaría la gripe A a la universidad. “Localizaron a la gente más popular (sensores), con más amigos, porque sabían que ellos se iban a poner enfermos antes que nadie porque tenían más contactos”, cuenta Clara Grima, doctora en Matemáticas y profesora titular de la Universidad de Sevilla. “Efectivamente, se contagiaron con una semana de antelación al resto”.

Esto no solo es útil para predecir una epidemia, sino también para tratar de frenarla. “Para protegernos de una infección repentina para la que no tenemos inmunidad de grupo, cuando no hay tiempo ni dinero para vacunar a toda la población, este modelo propone vacunar a los sensores para que hagan de escudo cuando la infección llegue a ellos”, explica la matemática Clara Grima.

Esta teoría tiene su origen en la paradoja de la amistad, la cual influye en la decisión de los padres a la hora de vacunar a sus hijos, sumado al espejismo de la mayoría. “En la vida nos rodeamos de las personas que piensan como nosotros y creemos que la gente del mundo entero piensa lo mismo que la gente que nos rodea”, cuenta Clara Grima.

La teoría de juegos también desempeña su papel para resolver todo dilema, como explica la experta en matemáticas. “Cuando tomas una decisión, el objetivo es maximizar los beneficios y minimizar los riesgos, y esto es lo que ocurre cuando tienes que decidir ponerle a tu hijo sano una sustancia sintetizada”. En este caso se tienen en cuenta dos factores: el riesgo de contagio y los efectos secundarios.

Se da un efecto que en teoría de juegos se llama racionalidad miope: ver más grandes algunos elementos de la realidad y desdibujar otros que están a su alrededor. Lo que ocurre es, tal y como cuenta la doctora en Matemáticas, que en España tenemos la percepción de que no hay riesgo de contagio “porque llevamos muchos años construyendo una inmunidad de grupo y parece que la enfermedad contra la que nos vacunamos no existe”.

También explica que, sin embargo, todos conocemos algún caso de autismo, lo que hace que en nuestra cabeza veamos un riesgo de autismo mucho mayor al de contagio. “Esto, unido a que salga algún famosete o influencer diciendo que las vacunas producen autismo y provocando un efecto de la mayoría, hace que la decisión final no sea trivial porque se razona con racionalidad miope y se decide no vacunar”. No obstante, esta decisión tiene graves consecuencias para la salud pública, dado que si mucha gente decide no vacunar, el riesgo de contagio aumenta. “De hecho, en Portugal se ha perdido la inmunidad de grupo frente al sarampión”.

Un riesgo prevenible

Siguiendo la lógica iniciada por López-Goñi, y “teniendo en cuenta que aunque el sarampión es una enfermedad leve, puede presentar complicaciones en un 10% de los casos, podría morir alguno de los contagiados, riesgo que se elevaría a un 30% en caso de tratarse, por ejemplo, de un niño inmunodeprimido”, como explica el catedrático de Microbiología. Este riesgo también se hace extensible a los grupos de riesgo clásicos: niños, enfermos y personas mayores.

Se calcula que en el mundo hay 115.000 casos de niños que mueren por sarampión al año, una cifra muy elevada teniendo en cuenta que existe una vacuna eficaz, segura y gratuita. “Esto se debe a que la vacuna no llega a todos los lugares del planeta y a que hay gente que duda de las vacunas y decide no ponérselas”.

Como expone el experto en biología, un escenario radicalmente diferente sería aquel en el que el 95% de la población estuviera vacunada, ya que aunque se produzca un caso de contagio, la cadena de transmisión del virus se cortaría y habríamos protegido a la población que no puede vacunarse y que podría tener mayor riesgo de sufrir complicaciones. “Con coberturas vacunales del 95% el sarampión podría ser erradicado del planeta, como ocurrió con la viruela y está a punto de suceder con la polio”.

No obstante, López-Goñi envía un mensaje tranquilizador: “Las coberturas vacunales en España son altas porque hemos disfrutado de una Seguridad Social que ha funcionado bien en comparación con otros países y porque tenemos al colectivo de médicos, atención primaria y pediatras muy mentalizado con la vacunación infantil”.

También explica que, por este motivo, no es necesario que la vacunación sea obligatoria en España, como está empezando a ocurrir en otros países europeos. “El reto es seguir manteniendo esas coberturas vacunales”.

El microbiólogo se reafirma con una reflexión: “Las vacunas son víctimas de su propio éxito: como nos protegen de la enfermedad, mucha gente no es consciente de lo peligrosa que es esa enfermedad”.

No obstante, López-Goñi señala que en España no hay grandes movimientos antivacunas, sino padres que tienen dudas. En relación a esto, su postura es clara: “Siempre hay que tener más miedo a la enfermedad que a los posibles efectos secundarios que tengan las vacunas”.

Para López-Goñi las dudas de los padres las plantean múltiples cuestiones, y una de ellas es por qué unas vacunas son obligatorias mientras que otras no. “Si uno compara el calendario vacunal de dos pediatras no coincide, porque el pediatra tiene una visión individual y piensa en su paciente, y por eso le recomienda todas las vacunas, mientras que las autoridades sanitarias tienen una visión de salud pública”.

Esto se traduce en que, dado que los recursos no son suficientes para toda la población, son gratuitas las vacunas cuya posibilidad de extensión es muy alta y puede producir una epidemia. “Otras son pagando porque es raro que haya grandes epidemias de esas enfermedades porque su capacidad de extensión es limitada”.

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Jensy Mier y Terán

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