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Opinión

Del país profundo: Juanito Arteta más allá de Ciudad Bolívar

El Capri, escrito así como se nombra a la isla de Nápoles, se llamaba aquel sitio bienaventurado donde observamos por primera vez a Juanito Arteta calentando su instrumento. Lo desvestía, le daba brillo y lo volvía a soplar descorchando el sonido de un do, mi, fa, sol, bajando y subiendo la intensidad hasta obtener definitivamente la vibración que tanto aplaudíamos. Era una trompeta de oro esa que Juanito Arteta tenía entre sus manos pulsando un pistón y otro pistón para deleitarnos con la música salvadora mientras apretaba los labios sobre esa boquilla del teñido metal.

 

El Capri, en una fotografía del mar Tirreno mostraba el espejo del paisaje europeo desde el mirador “La Piazzetta”. Un rincón italianísimo justo al lado de la notoria carretera de Ciudad Bolívar, que después de ciento veinte kilómetros recorridos partiendo de las márgenes de su caudaloso río, penetraba en el mayor centro poblado de la mesa de Guanipa. Aquella línea recta de asfalto traía el rumor del Orinoco y se enredaba entre los recovecos llaneros con el nombre de Avenida Guayana. Allí nos reuníamos periodistas y trabajadores de los talleres tipográficos del diario Antorcha a bromear con la prueba del plomo fundido y a discutir sobre los acontecimientos internacionales más notables del momento, la guerra de Vietnam que era un caso. Analizábamos el bombardeo al puerto Hanoi como respuesta de los Estados Unidos al ataque de su embajada en Saigón por los guerrilleros. Empezaba el año 1968 con un febrero bisiesto y desde temprano tomábamos los mejores asientos para escuchar a las orquestas de la capital guayanesa que llegaban a este lugar errante dos veces por mes, cada quince y cada último. Juanito entonces se convertía en el más aclamado de todos los músicos.

 

Nunca imaginé que veinte años más tarde iría a visitar por adelantado al famosísimo Juanito Arteta en su casa de la calle El Progreso, en la antigua Angostura de la Guayana del Rey. Mucho menos llegué a pensar que sería el amigo entrañable, y miraría de nuevo sus manos dirigiendo aquella orquesta que engalanaba a la ciudad con el mismo nombre de este paso del río. Tuve la dicha de contemplarlo más detalladamente mientras acariciaba su trompeta invencible. Ya El Capri no existía y por cosas del destino yo fui escogido como arrendatario de una alcoba en el hotel más sencillo y limpio de Ciudad Bolívar.

 

Juanito había nacido en Madrid el 18 de mayo de 1918 y cursó estudios en el Conservatorio de Música y Declamación de la capital española, que debía estar ubicado por donde se trazó la calle Santa Isabel, frente al actual Centro Nacional de Arte Reina Sofía. Primero, segundo y tercer año de solfeo, hasta que descubre “la bendita trompeta” y transita por doce años de estudios. Habría que agregar que su padre era violín concertino de la Sinfónica de la Capilla Real en la época de Alfonzo XIII, pero fallece cuando Juanito contaba con diez años de edad y en cumplimiento de las normas militares, el ejército se hizo cargo de él. Con esa edad Ingresa a la escuela militar y se hace fuerte.

 

Alfonzo XIII, de la dinastía de los Borbones abandona el país tras la victoria electoral republicana. Entre 1936 y 1939, y con el triunfo del Frente Popular viene el alzamiento militar en España y surge la guerra civil. Aparece la dictadura de Francisco Franco y Juanito Arteta con veinte años cumplidos decide irse a la guerra y llevarse su trompeta, pero no sigue al ejército franquista. Al contrario, como buen republicano marcha al lado del regimiento de Dolores Ibárruri Gómez, la famosa Pasionaria, histórica dirigente del partido comunista de España.

 

Juanito marcha con ese quinto regimiento que iba a las trincheras, tomaban un pueblo y alegraba con su “bendita trompeta” el día de la victoria. Me cuenta que pasaba hasta quince días sin poder alimentarse bien, solo una dieta de manzana verde y pepino sin sal que era lo que encontraban en los caminos de la guerra. Fue durante esas hambrunas, que un buen día en medio de la sorpresa desapareció su instrumento y esto lo afligiría muchísimo, pero al poco tiempo de entrar triunfantes a otro poblado, los combatientes se dirigen al ayuntamiento a recoger lo que pudieran encontrar para calmar el apetito y la sed. Él en cambio avanzaría en dirección contraria con su ametralladora, porque bien sabía que en alguna calle del botín de la guerra debía existir una escuela de música. Llega donde están los armarios de instrumentos, hace volar sus puertas y encuentra una trompeta vieja que se cuelga sobre sus hombros. Cuando vuelve junto a la tropa todos habían cenado menos él, entonces, como nunca, toca la trompeta con gran fuerza y la tropa lo aplaude muchísimo, como siempre lo hacía. “Toda la guerra anduve con ella”, me dice con su hinchada sonrisa de siempre, y también le creo que esa trompeta sería su verdadera salvación.

 

DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE PERPIÑÁN.

 

“Campos de la vergüenza” llamaban a estos sitios de reclusión donde se bebía agua salada del mar, ante la escasez de agua potable y de suficiente comida en la tenebrosa frontera francesa que albergaría a los refugiados españoles de la guerra civil. En París se había firmado el decreto ley para los “indeseables extranjeros” que permite establecer al sur de Francia distintos refugios, entre ellos el de Rivesaltes, donde estuvo cautivo cerca de un año Juanito Arteta, en una llanura entre el mar y los Pirineos, después de perderse la República y del estallido de la Segunda Guerra Mundial con la invasión de Alemania a Polonia.

 

Unos veinte mil españoles fueron confinados hacia Perpiñán en un número de ciento cincuenta barracones que se identificaron por las letras del abecedario, pero se estima en más de medio millón, a los que formaron parte del gran éxodo hacia la frontera francesa. Prisioneros españoles, alemanes, italianos, judíos que irían camino a Auschwitz, gitanos sin patria, e incluso comunistas franceses estarían bajo estado de sitio en aquella agreste prisión, donde diariamente se hablaba de algún fallecimiento a causa del frío, del hambre o las enfermedades. Era ese el ambiente donde Juanito Arteta seguía tocando su “bendita trompeta” y ganando aplausos.

 

Se sentía un rey Juanito Arteta en el campo de concentración y se preguntaba -¿Dios mío qué es esto, hay guerra o no hay guerra?- y seguía tocando mientras otros decían ¡alto al fuego, alto al fuego!, y él para complacer a los soldados de la frontera que lo vigilaban en la reclusión tocaba durante largas horas la música francesa que conocía muy bien. Obtenía a cambio permisos de salida para comprar en el pueblo más cercano pastillas de chocolate y de jabón, por encargo de otros prisioneros, hasta cierto día en que aparece en esa región de Perpiñán un abogado mexicano que aconsejaba dos cosas: regresar a España o en su defecto ir a México. Juanito optó por la segunda propuesta, y mientras seguía tocando su trompeta, le firmó al abogado todos los papeles exigidos. Así se hizo mejicano en Perpiñán.

 

DEL ENCUENTRO CON LOS GRANDES DE MÉXICO.

 

Sería Lázaro Cárdenas el Presidente de México, cuando el país azteca ofrece refugio a más de veinte mil españoles que venían de la guerra civil, entre ellos un número importante de intelectuales, escritores y artistas entre los que debe aparecer el nombre de Juanito Arteta, quien llega a Veracruz primero y después pasa al Distrito Federal aferrado a la “bendita trompeta”, siempre con la idea del triunfo por delante para contraponerlo al de la palabra refugiado, refugiado como le decían en México. De la Banda del Quinto Cuerpo del Regimiento durante la guerra, conformada por 45 hombres bajo su dirección, Juanito llega acompañado a México por la mitad de los integrantes y establece su propia orquesta que exhibe notoria calidad en las más importantes emisoras de aquel país. Acompaña a Agustín Lara en el estreno de Granada, además de tocar al lado de Pedro Vargas, Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía entre boleros y rancheras. Debuta en el Cabaret El Patio y de allí pasa al Río Rosa, donde se hace muy amigo de Beni Moré, a quien también acompaña con sus arreglos musicales, hasta que aparece de la noche a la mañana un señor llamado Dámaso Pérez Prado, quien lo llamaba repetidas veces para interpretar la “bendita trompeta” en aquellos temas en que se debía destacar más. Pérez Prado es el Rey del Mambo en ese momento y buscaba conformar una orquesta distinta. Mambo número cinco, mambo número siete, trompeta y mambo, pura trompeta, como se ve en la película “Al Son del Mambo”, con Juanito Arteta delgado como siempre y de copete, tocando “la bendita trompeta” hacia una esquina de la banda en la cinta de treinta y cinco milímetros. “El matatrompeta llamaban a Pérez Prado porque siempre pedía unas notas inverosímiles, agusídimas” a las que Juanito se ajustaba muy bien. Era un gran armonista y gozaba de sus arreglos como ningún otro músico, por eso gana ese nombre, el Rey del Mambo. Todo lo que a Juanito Arteta le faltaba por conocer lo aprendió en México con este fenómeno musical.

 

DEL AMOR POR VENEZUELA Y SU DESPEDIDA FRENTE AL RÍO ORINOCO.

 

Después de una década en aquella ciudad del Distrito Federal, saltó a su lado un hombre llamado Pedro Rojas para proponerle viajar a Venezuela bajo el patrocinio de Renny Otolina y las marcas de cigarrillos Vicerroy y Lucky Strike. Ocurre entonces su voluntaria llegada a este país con una orquesta de músicos mexicanos. Era un contrato por quince días y se quedó a vivir más de cincuenta años y a viajar con su orquesta por las principales ciudades, recostando finalmente su cabeza de astro al pectoral del río Orinoco. Desde el tiempo aquel en que se alojó en el Hotel Ávila de Caracas, llegó participar en el programa de estrellas de Lucky Strike, mientras perseguía los temas de Harry James, el trompetista norteamericano que más admiraba por ser el hijo genial de un director de orquestas de un circo itinerante y haber fundado durante los años de la guerra civil española su propia big band en Filadelfia, famosa en Hollywod y en el mundo entero. Era infaltable la pieza Estrellita de James en el repertorio de Juanito Arteta, así como la canción instrumental Petite Fleur que compuso el saxofonista estadounidense Sidney Bechet en 1951 cuando residía en Francia. Sería el jazz preferido de Juanito.

 

Esos años de Caracas fueron de fama en Radio Difusora Venezuela y en Radio Libertador donde se mantuvo como director musical, además de asumir otros compromisos de una cabina de grabación a otra con su gran orquesta que fue esencial en la vida de artistas como Guillermo Enrique Morales Portillo, más conocido como Memo Morales, José Rafael García Añez, más conocido como Cheo García Galindo y el indetenible Felipe Pirela. Se había traído a Caracas el hermoso galardón de La Trompeta de Oro de México que le otorgan en un prestigioso y celebrado concurso del que participó en la capital de aquel país pocas semanas antes de su arribo a Venezuela, donde finalmente el destacado locutor Víctor Saume, lleno de asombro por la invariable calidad de sus ejecuciones le bautiza como La Trompeta de Oro de América.

 

Un día lo toman por asalto para demostrar su arte en el Club Comercio de Ciudad Bolívar, donde una muchedumbre que tropieza lo levanta en hombros tras verle tocar “la bendita trompeta”. Se quedará para siempre en el sitio forjado sobre las grandes rocas. Junto al músico José Rosalino “Pepe” Flores funda la Orquesta Angostura, además de desempeñarse en la Escuela Carlos Afanador Real y dirigir la Banda Juan Bautista Dalla Costa. Aquí se casa con la joven María Hernández y tiene tres hijos, mientras seguía escribiendo y escribiendo para completar más de cuatrocientos arreglos musicales dedicados a Guayana. Ya avanzado en edad, en uno de nuestros últimos encuentros me comentó: “Uno sabe donde nace y no sabe dónde va a morir, pero yo si sé que aquí moriré”, como en efecto ocurrió a sus noventa y seis años un mes de noviembre del 2008, cuando decide dejar “la bendita trompeta” al mayor de sus hijos para que ejecutará el merengue La Laja de la Sapoara, inspirada en el antiguo pez del que se enamoró mientras contemplaba la máxima altura del río Orinoco en aquel paisaje cultural. Hoy todavía lo seguimos escuchando con la sordina en el peso de su mano izquierda, cerrando y abriendo la boca acampanada de su trompeta en bemol, lo seguimos escuchando más allá de Ciudad Bolívar, como la primera vez que nos mostró en El Capri su mirada de gato mientras le vibraban los labios al sobrepasar los límites agudos de su instrumento fabuloso para ganarse los emocionados aplausos de la noche. Esto ocurrió después que la canción Petite Fleur se nos metió en el alma y nos llevó al sorpresivo mundo de las fábulas.

 

Autor: Benito Irady