Las luces de Santiago se apagaron de repente. Más de 1.4 millones de personas quedaron sumidas en la penumbra en 14 regiones de Chile. Sin semáforos ni transporte público funcionando con normalidad, el caos se apoderó de la ciudad. La incertidumbre flotaba en el aire caliente del verano austral, y la desesperación se hacía evidente en cada rostro.
En una de las principales avenidas, un grupo de pasajeros esperaba, con el sudor resbalando por sus frentes, a que algún autobús se dignara a pasar. El calor era sofocante, la sed apretaba y las miradas se cruzaban con resignación. Hasta que, de pronto, un camión de agua potable se detuvo frente a ellos.
El camión de la esperanza
El conductor, un venezolano de nombre aún desconocido, descendió del vehículo con un gesto decidido. Sin previo aviso, comenzó a llenar botellas y bidones, ofreciendo agua potable gratuita a todos los presentes. “No se preocupen, tomen lo que necesiten”, dijo con una sonrisa.
Uno a uno, los ciudadanos comenzaron a acercarse con desconfianza. Algunos extendieron sus manos tímidamente, como si un acto de solidaridad espontánea fuera algo inusual. Pero bastó que el primero bebiera y agradeciera, para que todos los demás se sumaran a la escena.
La fila creció, las botellas se llenaron y la sombra del camión se convirtió en un pequeño refugio contra el calor y la desesperanza.
Cuando la solidaridad no tiene fronteras
El apagón no solo dejó a oscuras las calles, también provocó interrupciones en el suministro de agua en varias comunas. Con supermercados cerrados y cajeros automáticos inoperativos, para muchos, conseguir agua en ese momento era un lujo.
Sin embargo, este hombre no pensó en su ganancia. No preguntó de dónde venían, si eran chilenos o extranjeros, si podían pagar o no. Simplemente, dio lo que tenía.
Algunos pasajeros intentaron agradecer con dinero, pero él rechazó cada moneda con un gesto amable. “Hoy por ti, mañana por mí”, repitió cada vez que alguien insistía.
Más que agua, un mensaje de humanidad
El sol seguía en lo alto cuando el venezolano cerró su camión y se despidió con un “Dios los bendiga”. Se perdió entre el tráfico lento, dejando tras de sí un grupo de personas con botellas llenas y corazones un poco más ligeros.
No hubo cámaras de televisión ni periodistas cubriendo el momento. Solo unos cuantos celulares capturaron la escena y la viralizaron en redes sociales.
En tiempos de crisis, los actos de bondad parecen brillar con más intensidad. En un apagón que oscureció Chile, un venezolano iluminó el día de muchos con algo tan simple como agua y solidaridad.