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José Félix Ribas, Una vida entre batallas

José Félix Ribas, mantuano, nunca dudó estar al lado de los pardos, negros e indios

La cabeza, con el gorro rojo que siempre le identificó, frita en aceite, estaba en lo alto de la viga en el sitio conocido como la Puerta de Caracas. Querían inspirar terror, miedo en la población. Los hizo huir, los hizo maldecir su suerte, morder el polvo en tantas batallas. Ahora solo era un resto de nada.

Pero su leyenda comenzaba: había ingresado, como figura principal, al martirologio de la Independencia suramericana.

Pertenecía a una de las “mejores familias” de Caracas, y sin embargo encabezó a las clases populares. José Félix Ribas, mantuano, llamado a estar al frente de los “grandes cacaos” de la capital, nunca dudó estar al lado de los pardos, negros e indios.

Era imprudente, sí, hasta los extremos. De prestancia física, se distinguía por tres cosas: su bigote; el gorro frigio que utilizaba, símbolo de la libertad; y lo duro de su carácter: llegó a poner preso a su sobrino político, el Libertador Simón Bolívar, amenazándolo con la muerte, que finalmente le encontró a él, humillado y ejecutado por los realistas.

De ingleses y canarios

Era el menor de los once hijos de Marcos Ribas y Petronila de Herrera: su padre fue descendiente de ingleses (“Raibs”, era el apellido original, según la genealogía) establecidos en Tenerife. Vio la luz en Caracas, el 19 de septiembre de 1775, y aunque cursó estudios en el seminario, terminó dedicándose a las labores del campo.

Se casó con María Josefa Palacios y Blanco, tía materna del futuro Libertador, y con ella tuvo un niño: José Félix de Ribas y Palacios.

Tras la invasión de Napoleón a España, en 1808, conformó el grupo de los conspiradores que, reunidos en la cuadra de los Bolívar, a orillas del cristalino río Guaire, buscaban el derrocamiento del poder ibérico en Venezuela. Estuvo desterrado en el interior del país, hasta que se convirtió en alma del pueblo caraqueño durante los hechos del 19 de abril de 1810.

“En este día solemne”, recuerda Juan Vicente González en su biografía sobre el héroe republicano, la principal en la historiografía nacional, “José Félix Ribas se multiplicó por calles y cuarteles, animando en medio de la muchedumbre incierta, venciendo resistencias tímidas, pero embarazosas, esforzando a los débiles, llenando los pechos de su osadía y entusiasmo. Su único propósito fue siempre la independencia de la metrópoli”.

Su cercanía a las clases populares –llegó a encabezar una manifestación con cientos de pardos para protestar contra las ejecuciones cometidas en Quito por los españoles- levantó sospechas entre los timoratos próceres de la primera República. Durante casi tres años no recibió designaciones de peso, y al final terminó desterrado, como en 1808, esta vez por la Junta Gubernativa local. Pero después de cinco meses, regresa a Caracas, encomendándole el generalísimo Francisco de Miranda la comandancia militar de la capital.

Le sustituyó Juan Nepomuceno Quero, que a la postre pasaría al bando realista.

Con Domingo de Monteverde retornaron los monárquicos al poder. Él mismo, canario, familiar de Ribas, le expidió pasaporte de salida al soberbio caraqueño, que salió con su sobrino Bolívar con rumbo al Caribe, recalando en Curazao y pasando luego a Cartagena.

Allí comenzó la lucha militar del león de la República.

“Guerrero insigne y de carácter de hierro, parecía destinado al más brillante porvenir”, indica el historiador Vicente Lecuna. “Jamás un jefe ha tenido mayor influencia sobre sus soldados”. «Gigante de ojos azules (…) hombre de pasiones sueltas y de tan bravo temperamento, por lo menos, como su sobrino el Libertador», recuerda Rufino Blanco Fombona. «Había sido, desde tiempo de Miranda, el enemigo radical de canarios y españoles, de los cuales descendía».

Combatió en San José de Cúcuta contra el coronel Ramón Correa a comienzos de 1813, como piedra de chispa para la Campaña Admirable. Comandó la retaguardia, bajo las órdenes de Bolívar. Como un rayo, asestaba los más duros golpes, pueblo por pueblo, hasta llegar a Caracas.

El 2 de julio protagonizó la victoria de Niquitao. Los realistas tenían 800 hombres, Ribas 400. La presencia de la caballería patriota decidió el combate, llegando a tomar 450 prisioneros que engrosaron las tropas libertadoras, con numerosa cantidad de armas y municiones.

En el sitio de Los Horcones, el 22 de julio, destrozó a las fuerzas de Francisco Oberto. Aunque todo terminó en triunfo nacional, representó una de las primeras desobediencias en contra de Bolívar, que le había impuesto marchar a unírsele.

Un genio militar

Gerhard Masur, biógrafo de Bolívar, consideraba sobre Ribas: “Sus victorias eran prueba brillante de su genio militar, de su gran coraje y de su habilidad guerrera. Todo lo que él había realizado, sin embargo, había sido planeado por Bolívar. El éxito de la campaña toda se debe a ambos hombres”.

Los dos entraron, finalmente, a Caracas, el 7 de agosto de 1813. Ribas fue designado como Gobernador. Como tal, estuvo a punto de infligir una sorpresa a los monárquicos, que entraban al puerto de La Guaira, desconociendo la llegada de los patriotas a la capital venezolana.

La impetuosidad de Ribas volvió a pasarle factura. Había armado toda una trama para recibir a los realistas y apoderarse de una fragata y una goleta, con casi 1.200 soldados. Mandó a vestir con uniforme realista a los soldados locales, izándose la bandera rojigualda de España, e incluso tomó a un prisionero para recibir al coronel Salomón, que encabezaba la expedición.

Pero el apuro, mostrado a través del ataque potente desde el puerto antes de que calaran los barcos, cortó la sorpresa. Finalmente, los españoles llegaron a Puerto Cabello, donde resistía Monteverde.

El coronel Salomón atacó, en los cerros de Vigirima, a las fuerzas de Ribas, que obligaron a los españoles a retroceder a Puerto Cabello. El general venezolano comandó, por primera vez, estudiantes y agricultores, como lo haría luego en La Victoria.

La iniciativa española ahora venía desde los Llanos, con José Tomás Boves como principal líder, al frente de su ejército de lanceros, la legión infernal. Ribas intentó hacerle frente, para frenar al arrollador caudillo hispano.

El 12 de febrero de 1814, con 1.500 soldados, entre los que se encontraban seminaristas de Caracas, jóvenes estudiantes, resistieron en las fortificaciones armadas dos días antes. “No podemos optar entre vencer o morir: necesario es vencer”, fue su arenga a las tropas.

Boves, herido, había cedido el mando a Francisco Tomás Morales. Casi cuatro mil soldados, de los que solo 1.800 eran fusileros: el resto, lanceros.

Tres caballos le mataron al general, que no hacía nada por esconderse ante el fuego realista, siempre con su gorro frigio en la cabeza.

Cuenta Augusto Mijares, en su biografía del Libertador: “En La Victoria, los republicanos estaban en tal inferioridad numérica, que reducidos a la plaza principal de la ciudad y tras haber rechazado un asalto de los enemigos, a Ribas solo se le ocurre decir al mayor general Mariano Montilla: ‘No hay que desesperar, amigo mío, antes de desaparecer por completo, podemos resistir todavía dos asaltos más como éste’. De Caracas habían sido llevados a combatir los últimos jovencitos que quedaban en la Universidad y el Seminario, y el propio jefe vencedor consideró su triunfo un verdadero milagro”.

La intervención de la caballería de Campo Elías, casi al final de la tarde, les dio el triunfo a los patriotas. Ribas, religioso, dedicó la acción a la Virgen María, en su advocación de La Concepción.

Cuando la Municipalidad de Caracas acordó levantarle una estatua al vencedor de La Victoria, este respondió: “Los mármoles y bronces no pueden jamás satisfacer el alma de un republicano”.

“Hizo de sus soldados una verdadera potencia de valor, resistencia, calidad moral, firmeza y constancia. Además de sugerir toda la confianza de ellos en su jefe”, apunta Miguel Ángel Mudarra, autor de una biografía sobre Ribas. “Obsérvense en El Invencible las siguientes cualidades, que perennizan su memoria: arrogancia e impetuosidad, ambos incontenibles; rapidez increíble en sus decisiones y ejecuciones proceras; indomabilidad inaudita e incesante en la lucha por el logro del triunfo; genialidad en el campo de batalla”.

Bolívar, incluso, honró a su tío político ascendiendo a su hijo a capitán vivo y efectivo… tenía solo tres años de edad. Era una forma de rendirle un homenaje a la juventud que dejó su vida en el campo de batalla.

Pero finalmente Boves terminó por hacerse de mayor poder, y a punto de tomar a Caracas, la desesperación cundió en las filas nacionales. Bolívar decidió emigrar hacia oriente con la población, temerosa de las represalias del caudillo español. Para Ribas, la mejor opción era resistir.

“Ribas sanguino, violento, imperioso, agradable al pueblo por el énfasis heroico de su figura y palabra, sacudía orgullosamente la cabellera de león y se impacientaba y enfurecía a la idea de dejar la capital”, apunta Juan Vicente González.

Incluso, cuenta el coronel Tomás Pérez Tenreiro en su obra sobre los Generales en Jefe de la Independencia, que criticaba en voz alta el tío a su sobrino: “¡Simón, Simón, deja reparar los males que has hecho!”.

Las discusiones entre los dos se hicieron aún más fuertes en los campos de batalla de oriente, donde también mandaban Santiago Mariño, Carlos Piar y José Francisco Bermúdez.

La derrota de Bolívar en Aragua de Barcelona el 17 de agosto de 1814 terminó por hundir la frágil supremacía del líder caraqueño entre los orientales y Ribas. Los hechos entre agosto y septiembre de ese año resultaron cruciales.

El Libertador y Mariño se embarcaron en los navíos del pirata italiano José Bianchi, que había reclamado dinero por sus servicios a favor de la Independencia. Los tesoros de Caracas quedaron en sus manos, y los dos generales venezolanos solo querían evitar que el filibustero se quedara con todo.

Al final, Bianchi terminó con una parte de los bienes, dejando a Bolívar y Mariño en Carúpano, con el resto. Allí fueron recibidos, entre insolencias y ataques, por Ribas y Piar, que los acusaron de ladrones y los detuvieron en prisión, terminando libres tras pagar a los carceleros: emigraron hacia Cartagena.

Habla Pérez Tenreiro: “La cualidad esencial de Ribas es su valentía. Ésta le ayudaba en las decisiones arduas, pero no embotaba su razonamiento. Mas, desgraciadamente, ella le impulsaba a encontrar defectuosos los procedimientos ajenos y todo fracaso (¿y los suyos?) ajeno, parecíale criminal. Enamorado de la Patria, llegó al extremo de quererla para él solo. Desconoce a Bolívar. Cree necesario probar otra fortuna, cuando ésta era únicamente cuestión de unidad”.

Y la unidad faltó. El 5 de diciembre de 1814, Ribas y Bermúdez sucumbieron ante las fuerzas de Boves, que terminó muerto en el campo de Urica. Seis días después, el caraqueño, siempre fúrico en su resistencia, volvió a perder ante la acometida realista, esta vez en Maturín.

Perdido en medio de los Llanos, acompañado solo por un sobrino y un criado, el general Ribas fue capturado por una partida monárquica, delatado por un esclavo, Concepción González. Conducido al pueblo de Tucupido, fue fusilado y desmembrado el 31 de enero de 1815.

La ironía la pinta, con crudeza, Salvador de Madariaga en su biografía de Bolívar: «Mantuano demagogo, Ribas fue un imitador vacuo y gárrulo de lo peor y más superficial de la Revolución Francesa, aunque dotado de cierto instinto militar que hizo de él uno de los más brillantes lugartenientes de Bolívar. Murió entre los insultos de aquella multitud que tanto había adulado».

“En Tucupido pereció el general Ribas, sereno en medio de los gritos de sus contrarios, de una manera real”, narra Juan Vicente González. “Aquella diestra, que era el terror de los enemigos de la patria, fue colgada en un palo, a media legua del pueblo, en el camino real; su cabeza, frita en aceite, entró en Barcelona el 3 de febrero”.

“Formados en la Plaza Mayor los batallones del Rey y la Corona, dos escuadrones de caballería y una brigada de artillería, se colocó en la horca la cabeza del llamado general José Félix Ribas, llegada la noche antes de Barcelona, puesto en ella el mismo gorro encarnado con que se hizo distinguir en el tiempo de su triunvirato”.

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elclarin

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