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Gustavo Gil: Miranda y Epstein

Para mí, el caso del multimillonario norteamericano tiene un tufillo amarillista que se encamina a una demanda civil

La docuserie de Netflix, Jeffrey Epstein: Filthy Rich, puso sobre relieve dos cosas. La primera, la plataforma en línea de distribución de contenidos audiovisuales está marcando la pauta de discusión en todo el planeta. No en vano se hizo con 16 millones de nuevos usuarios durante los primeros 30 días de la cuarentena mundial.

 

La segunda, el mundo sigue siendo el hogar de la pacatería  y del doble discurso.

 

Ahora resulta que la pedofilia es un pecado que solo cometen los ricos y famosos, algunos curas y no pocos entrenadores deportivos.

 

Desde tiempos inmemoriales, los viejos que habitan los cerros de Caracas tienen un dicho para referirse a las muchachitas de entre 13 y 16 años: si puede con una lata de agua, puede con cualquier cosa. Las improvisadas escaleras de esos barrios encumbrados de la ciudad esculpen las mejores piernas del mundo.

 

La maledicencia venezolana es muy variada y pone de relieve la verdad sobre la sexualidad de las teenagers.

 

La promoción de la prostitución infantil en internet es tan vasta como la web misma y el gatillo que dispara este aborrecible negocio es uno solo: la pobreza.

 

Un repaso de la biografía del prócer Francisco de Miranda (Los sueños de un Libertador, Fermín Goñi, Rocaeditorial) permite afirmar que el problema del abuso sexual contra las púberes es tan viejo como la ladilla.

 

Un relato hecho por William Stephens Smith, el hombre que acompañó a Miranda durante gran parte del recorrido por Europa, en 1785, da cuenta de los apetitos carnales del ilustre caraqueño al que la Corona española y la Inquisición deseaban apresar.

 

A su paso por Dresde, Alemania, Smith recuerda que “Luego (Miranda) me llevó a un burdel que ofrecía un aspecto tan desagradable, tan repulsivo y mugriento, que ni siquiera crucé el postigo y esperé en la calle. Para mí que Pancho tenía una necesidad imperiosa y había decidido descargar como fuese; porque él, que es maniático de la limpieza y el orden, no acierto a comprender como tuvo los arrestos de subir las escaleras. La verdad es que luego me informó de que el día anterior había seguido los pasos de una joven de dieciséis años que había entrado en la casa y que era la pieza de caza. Imagino que la consiguió, porque estuve en la vía esperando durante casi dos horas”.

 

La polémica suscitada por Netflix salpicó al abogado venezolano Juan Sosa Azpúrua. Este refirió que a las muchachas de catorce años “son conscientes y asumen responsabilidad de sus actos”, lo que originó una caterva que criticó al letrado por Twitter, con la intención de castrarlo en ese mundo virtual.

 

Pero lo de Miranda va más allá. En 1787, el trotamundo caraqueño se aprestaba a abandonar Rusia, el país que lo albergó por casi un año con su clima frío pero cobijado por la entrepierna de la emperatriz Catalina la Grande.

 

Después de una fastuosa cena de despedida ofrecida por la emperatriz en el palacio de San Petersburgo, Miranda salió de Rusia no sin antes despedirse epistolarmente de la hermosa dama excusándose por no haber podido quedarse, como ella se lo había pedido.

Goñi narra que el prócer venezolano indicó que “el dinero recibido (2.000 libras) sería empleado juiciosamente”. Más adelante acota el autor que “tan pronto como salió de San Petersburgo pidió a su criado que le buscase la mejor meretriz ya que las últimas experiencias rusas no habían sido de su agrado”.

 

El autor de la obra hace la siguiente infidencia acerca de tres experiencias que Miranda vivió en Rusia: “Que una era virgen y se echó a llorar cuando vio de cerca el miembro erecto del militar, la otra no se dejaba acabar ni dentro ni fuera y una tercera de quince años, era muy buena en el sobeteo, pero la cama tan dura y mala que Miranda estuvo varios días encogido de la espalda y con dolores, maldiciendo la hora en que decidió chapar con la joven”.

 

Alguien dirá que eso era normal en aquella época colonial, pero de acuerdo a la historia de Epstein las cosas han cambiado poco en estos últimos trescientos años.

 

Para mí, el caso del multimillonario norteamericano tiene un tufillo amarillista que se encamina a una demanda civil para resarcir los daños que este infringió a sus víctimas y familiares. Además, las fotos en las que aparece Donald Trump junto al reo de pedofilia no son otra cosa que una factura a cobrar en el mes de noviembre, durante las elecciones presidenciales.

 

En el documental, Trump es citado en una declaración en la que afirma que en materia de sexo es muy parecido a Epstein, “solo que a él le gustan más jóvenes”.

 

Dígalo ahí. Ta’dicho.

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Acerca del Autor

Gustavo Gil

Licenciado en Comunicación Social, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Periodista de amplia trayectoria en distintos medios que abarcan la prensa escrita, semanarios, radio y televisión. Actualmente ejerce libremente su profesión, es asesor institucional y de imagen.

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