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José Angel Borrego: ¡Cómo le explico, señor político!

Hemos repetido no sé cuántas veces que los países que tienen civilización política (nosotros no, por supuesto), separan el ejercicio político de la productividad para garantizar que la gente esté protegida socio-económicamente.

Eso significa, como dijera el presidente de la fábrica de calzados “Alexander” (Milán) que el empresario paga los impuestos que determinan los políticos pero no se les perturba con decretos, caprichos o medidas “oportunas” sacadas de la manga. El empresario sabe cuánto de sus ingresos debe tributar a las arcas públicas y ya. Nada de sorpresas, ni visitas de “inspección”, ni extorsiones. Y si ello sucede, que en ocasiones hay sus bichos de uña, el empresario cuenta con un sistema judicial ajeno a la influencia del ejecutivo y pone las cartas sobre la mesa. Eso por una parte.

Por la otra, aun siendo oposición, repito, en países civilizados, el líder sugiere soluciones que el gobernante acoge o no, pero dentro de cánones distintos a la rivalidad política. El político de oposición sabe que si propone algo a un gobierno adverso a su corriente y esto fructifica, el país reconocerá su aporte y el gobierno no se acredita todo el éxito ni se coloca en solitario laureles cual tiaras de conquistador. Y el político opositor, aun en franca minoría en el parlamento, tiene ocasión de presentar propuestas que requieran palanca legislativa y una vez discutidas, se aprueban y se envían al presidente para que las ejecute.

¿Tiene eso alguna complejidad? Sí. Que no somos civilizados políticamente.

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