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La verdadera historia del escudo victoriano

Un relato poco conocido y menos difundido por su poca carga histriónica

Por Simón Henrique López.- Una frase que de tanto repetirse ya casi ha pasado a ser un lugar común, es que La Victoria es una población que respira historia por los cuatro costados. Sin embargo ésta es una expresión que refleja una gran verdad pues además de que la ciudad ha marcado hitos importantes en la historia nacional durante más de cuatro siglos, tiene la particularidad de que
casi todo el mundo aquí se cree y se siente historiador.

 

Es en este contexto que se encuentran muchas historias, cuentos y hasta fábulas en torno a diferentes episodios de la vida comarcal victoriana, uno de ellos el referido a la concepción y oficialización de los Símbolos del Municipio Ribas, en general y de su escudo de armas en particular.

 

Si bien es cierto que la historia de este símbolo comienza desde la propia erección de la parroquia, por allá por el Siglo XVII, también es verdad que en aras de la grandilocuencia y del sempiterno romanticismo para presentar los hecho de una forma más espectacular de lo que realmente fueron, la misma se ha torcido en el tiempo, se han incluido otros personajes y se le ha dado un toque novelesco
que en realidad nunca tuvo.

 

Obviando las formalidades, consideraciones o disposiciones coloniales, e incluso independentista, la verdadera historia de la creación del escudo victoriano comienza ya iniciada la segunda mitad del Siglo XX, en la década de los 50´s, durante el gobierno de Marcos Pérez Jiménez.

 

Para ese tiempo el gobierno del entonces Distrito Ricaurte, representado principalmente por el Concejo Municipal o Ayuntamiento, estaba integrado por hombres notables provenientes en su mayoría del famoso PDV, Partido Democrático de Venezuela fundado en la década de los 40´s por el General Isaías Medina Angarita durante su periodo como Presidente de la República. Entre ellos
cabe destacar al Dr. Miguel González Blank, odontólogo y al Sr. Domingo Morales Tedesco, próspero comerciante de la zona, quienes se alternaron en la presidencia del cabildo en los primeros años de gestión.

 

Aun cuando es a Morales a quien le corresponde la firma de la primera edición del escudo, el génesis de este relato tiene lugar durante el período de González Blank, a quien un día cualquiera, estando en su despacho de presidente conversando con el secretario municipal, le anuncia su asistente que en la
antesala está un señor que decía ser su compadre y que quería hablar con él urgentemente.

 

En efecto, se trataba del padre de uno de sus ahijados. Destacado escritor y artista plástico venido a menos de cuyo nombre no es menester acordarse pero que también formaba parte de las filas del PDV, que venía a pedirle empleo porque, según le dijo: él y su familia se estaban “comiendo un cable”.

 

“Compadre –le dijo el visitante- en verdad necesito conseguir trabajo ya que hace tiempo no he podido levantar cabeza:

 

Ante tan dramática petición el Dr. Miguel González Blank se rascó la cabeza y le dijo:

“Caramba compadre en estos momentos no hay ningún cargo disponible en el concejo para ayudarlo”

 

No obstante se queda pensando y a los pocos minutos le dice a su interlocutor:

-“Un momento compadre. Usted no pinta.

-“¡Claro! -le responde aquel- yo hasta he participado en concursos nacionales de pintura”

-Allí está la solución –explicó González- diséñate y dibuja un escudo para La
Victoria, nosotros lo aprobamos y te pagamos por tu trabajo”

 

Así se hizo La Victoria tuvo su escudo y el agradecido artista se en bolsilló la para entonces nada despreciable suma de 400 bolívares-

 

Esta es la verdadera historia, la historia íntima pudieses decirse, de cómo se llega a la oficialización del escudo local Un relato poco conocido y menos difundido por su poca carga histriónica, pero que tiene un 100 por ciento de veracidad según afirmaba el secretario municipal que estuvo presente en toda
esta negociación. A la sazón, este secretario era casualmente, el periodista Simón López, padre de quien esto escribe a quien en reiteradas oportunidades le refería este y otros episodios de su pasantía por aquel cargo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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